Otra que Newell’s después de López. Si hay un lugar inhóspito en la ciudad, un lugar al que hay que entrar con escudo, escafandra, vacunado y preparado a morir ese no es, precisamente, el club del Parque. No, don Lorente, en Rosario Kosovo hay una sola y allí no hay futbolistas, no hay pileta ni puestos de choripanes. ¡Ya querríamos que lo hubiera! Pero no, allá hay que sufrir y hacerse macho… literalmente, porque ser mujer es todo un peligro en aquellas fatídicas y desoladas tierras. Quiero que le quede claro una cosa, don Lorente: ¡¡usted nunca se hubiese quejado del desastre en que encontró a Newell’s si hubiese tenido la espantosa suerte de estudiar durante cinco años en la Siberia!! Nada se compara con su caos, nada se asemeja a su eterno abandono, nada la iguala. Un día en ella es una experiencia traumática de principio a fin.
Es que primero hay que esperar el colectivo (porque la Siberia queda más lejos que el congo belga, así que no hay quien se salve de tomar el bondi, lo cual ya amarga el día y crispa los nervios). Tras 45 minutos de viaje, lo único que uno pretende es que el bus lo deje en la puerta de la facultad. Pero no. Hubo un espejismo, una vez que abrieron una calle trasera, pero el portón siempre está cerrado gracias a vaya a saber uno qué inepto, entonces hay que caminar… al menos los del fondo, los hippies de Comunicación y los futuros arquitectos –siempre de punta en blanco–, que son mayoría.
Aunque claro, en la Siberia hay un pequeño problemita (bue, hay cuatrocientos problemitas, pero este es importante): los adoquines. El año pasado casi caigo de traste, porque el predio se llenó de albañiles que rompieron (además de la paciencia) todo el empedrado. “¡Fantástico, maravilloso –me exalté–. Van a poner pavimento, van a arreglar los caminos!”. ¿No era eso en lo que trabajaron durante meses más de treinta obreros provocando el colapso total de las vías de circulación en la ciudad universitaria? Se ve que no, porque lo único que hay nuevo es un canterito insignificante que apenas beneficia a los pocos privilegiados que pueden ir en auto. ¡Otra vez será!
Claro, si te agarra un día de lluvia (que en la Siberia se torna temporal con posibilidad de diluvio) ni te cuento. Para cuando llegaron al salón los pobres de Arquitectura ya están empapados, embarrados y con sus planos pasados por agua. A nosotros, los hippies de Comunicación, no nos afecta tanto… en fin, porque somos hippies. Y los de Música, por las dudas, van preparando el arpa, en caso de que les toque morir bajo las goteras de su edificio-hospital. Los de Psicología directamente no entran en esta reseña, a ellos ya los abrocharon desde el vamos con esa especie de cárcel pintada de verde en la que los hacinaron. Ninguna lluvia podrá ser peor que eso.
Pese a todo, con el pantalón arremangado, las carpetas sobre la cabeza como improvisados paraguas y mucho sentido de la responsabilidad, uno logra sortear los obstáculos y llegar a la facultad correspondiente. Allí te reciben –nunca con un café calentito– los insoportables del centro de estudiantes, algunos de ellos ya vitalicios, con propuestas hipócritas. Como aquella vez que pidieron al resto de los alumnos limpiar el edificio. ¿Pero no son estos políticos en miniatura los que causan desastres en las paredes con sus pegatinas propagandísticas? Que por cierto, no hace más que dejar en claro que jamás tocaron un libro, porque bien sabe un comunicador social que la saturación visual pocas veces garantiza la recepción del mensaje. ¡Te dejan afiches hasta en el baño! Ahora, yo pregunto: ¿Nunca se enteraron de que en la Siberia es imposible ir a los baños? Ninguna dama va al baño allí a menos que esté planeando contraer alguna enfermedad terminal para faltar a clases.
Así que, Lorente, no se queje. En la ciudad, Kosovo hay una sola y hace tiempo que está en guerra.
Es que primero hay que esperar el colectivo (porque la Siberia queda más lejos que el congo belga, así que no hay quien se salve de tomar el bondi, lo cual ya amarga el día y crispa los nervios). Tras 45 minutos de viaje, lo único que uno pretende es que el bus lo deje en la puerta de la facultad. Pero no. Hubo un espejismo, una vez que abrieron una calle trasera, pero el portón siempre está cerrado gracias a vaya a saber uno qué inepto, entonces hay que caminar… al menos los del fondo, los hippies de Comunicación y los futuros arquitectos –siempre de punta en blanco–, que son mayoría.
Aunque claro, en la Siberia hay un pequeño problemita (bue, hay cuatrocientos problemitas, pero este es importante): los adoquines. El año pasado casi caigo de traste, porque el predio se llenó de albañiles que rompieron (además de la paciencia) todo el empedrado. “¡Fantástico, maravilloso –me exalté–. Van a poner pavimento, van a arreglar los caminos!”. ¿No era eso en lo que trabajaron durante meses más de treinta obreros provocando el colapso total de las vías de circulación en la ciudad universitaria? Se ve que no, porque lo único que hay nuevo es un canterito insignificante que apenas beneficia a los pocos privilegiados que pueden ir en auto. ¡Otra vez será!
Claro, si te agarra un día de lluvia (que en la Siberia se torna temporal con posibilidad de diluvio) ni te cuento. Para cuando llegaron al salón los pobres de Arquitectura ya están empapados, embarrados y con sus planos pasados por agua. A nosotros, los hippies de Comunicación, no nos afecta tanto… en fin, porque somos hippies. Y los de Música, por las dudas, van preparando el arpa, en caso de que les toque morir bajo las goteras de su edificio-hospital. Los de Psicología directamente no entran en esta reseña, a ellos ya los abrocharon desde el vamos con esa especie de cárcel pintada de verde en la que los hacinaron. Ninguna lluvia podrá ser peor que eso.
Pese a todo, con el pantalón arremangado, las carpetas sobre la cabeza como improvisados paraguas y mucho sentido de la responsabilidad, uno logra sortear los obstáculos y llegar a la facultad correspondiente. Allí te reciben –nunca con un café calentito– los insoportables del centro de estudiantes, algunos de ellos ya vitalicios, con propuestas hipócritas. Como aquella vez que pidieron al resto de los alumnos limpiar el edificio. ¿Pero no son estos políticos en miniatura los que causan desastres en las paredes con sus pegatinas propagandísticas? Que por cierto, no hace más que dejar en claro que jamás tocaron un libro, porque bien sabe un comunicador social que la saturación visual pocas veces garantiza la recepción del mensaje. ¡Te dejan afiches hasta en el baño! Ahora, yo pregunto: ¿Nunca se enteraron de que en la Siberia es imposible ir a los baños? Ninguna dama va al baño allí a menos que esté planeando contraer alguna enfermedad terminal para faltar a clases.
Así que, Lorente, no se queje. En la ciudad, Kosovo hay una sola y hace tiempo que está en guerra.
